martes, 9 de diciembre de 2008

Los saberes de mis estudiantes

Es muy curioso, pero en mi caso, mis estudiantes se desconcertaron cuando les propuse esta actividad. No encontraban la conexión entre aprender Arte de manera práctica, como hacemos en el taller, y tener que hablar y escribir acerca del uso que dan a la Internet. A partir de sus textos individuales tenemos que, en internet, ellos saben hacer lo siguiente: ver videos, escuchar música, chatear, comunicarse con Hi5, subir fotos y archivos, descargar música, oír el radio, leer y enviar correo, obtener información para sus tareas, encontrar letras de canciones y poemas.
Elisa enseñará a tres compañeras a usar el PowerPoint (insertando información e imágenes de internet), bajar música y videos. Se verán en casa de ella.
Carlo enseñará a cuatro compañeros los conocimientos básicos para navegar y cómo subir videos. Los jueves en la casa de él.
Una de las alumnas necesita aprender a hacer planos arquitectónicos, pero nadie le puede enseñar; sin embargo una de las compañeras tiene un programa que hace eso y se lo va a prestar. Los demás desean aprender a hacer una página web, pero como ninguno sabe hacerlo, se pondrán de acuerdo para buscar tutoriales al respecto y compartirán la información.
Entregarán las siguientes evidencias:
Una presentación en PowerPoint con imágenes y textos sobre teatro griego.
Compartirán música encontrada en la Red sobre alguna ópera, una zarzuela y una comedia musical de su prefrencia.
Compartirán con todos un video sobre el trabajo del aparato fonador.
Subirán un pequeño video sobre ejercicios de respiración realizados en el Taller.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Mi confrontación con la docencia

Mi historia es un tanto peculiar y, aunque es lineal en tiempo, no lo es en hechos. Mi profesión de origen es la Administración Industrial; sin embargo terminé la Lic. en Literatura Dramática y Teatro, la Lic. en Letras Hispánicas y la Mtría. en Letras Latinoamericanas y a este campo disciplinario de las Humanidades y Bellas Artes es que me dedico. He hecho teatro desde los 15 años.
A los 16 años comencé a dar clases alfabetizando adultos en el INEA con el método de Paulo Freyre. No me pagaban, era trabajo voluntario, porque me gustaba desde entonces. Tres años después trabajé como Coordinadora de actividades culturales en la Dirección de Secundaria de la SEP, así que cuando terminé la carrera de Teatro, cambié mi plaza administrativa por una docente en secundaria. Hace once años comencé a enseñar en nivel medio superior y ahora también en licenciatura. Ha sido un proceso lento, pero hasta cierto punto un tanto “natural” en mí. Creo que nunca me pregunté si quería ser profesora pues ya desde niña, cuando jugaba a la escuelita, yo era la maestra y lo disfrutaba mucho.
Me he desempeñado en otras formas dentro de mi área (guionista, actriz, asesor pedagógico), pero mi trabajo básico siempre ha sido la docencia, en la cual he aprendido mucho sobre mí y sobre los demás. Mi formación teatral me ha permitido ser observadora de lo humano, empatizar con los demás y mantener gran sentido lúdico, así que eso se refleja en mi desempeño como profesora; concibo la formación del alumno como un proceso de transformación interna primero, y de inserción de contenidos y estrategias de aprendizaje como una consecuencia, no como un fin en sí mismo.
Ser profesora me parece una gran responsabilidad y un gran gozo; disfruto la compañía de mis alumnos adolescentes, que me mantienen joven por dentro y me permiten tratar de entenderlos. Estar en la educación media superior me hace estar consciente de que, de algún modo (por el área de estudio en la Universidad, o por dejar de estudiar al término del bachillerato) los alumnos tal vez no vuelvan a estar en contacto nunca en la vida con los contenidos de mis asignaturas, así que me satisface mucho ver que lo disfrutan y que se interesan por estudiar más por su cuenta y comentar sus hallazgos conmigo. Desgraciadamente, siempre hay algún alumno que no se permite involucrarse en su propio desarrollo y estar en contacto consigo mismo, a veces de manera irremediable, y éstas son como las grandes pérdidas de esta profesión.
Resulta tranquilizador darse cuenta de que es una situación común el hecho de iniciarnos como profesores sin saber hacerlo, pues hasta Esteve lo vivió; lo grave es quedarse sin saber serlo y no prepararse.
Me parece importante rescatar esto de "ser maestro de humanidad", pues la docencia es en esencia una labor humanista, no importa la asignatura que impartimos o el nivel educativo en que ejercemos. La esfera cognitiva (conceptos-estrategias-valores) ha sido siempre vista de manera parcial: tradicionalmente se ha privilegiado lo conceptual; más adelante, con los nuevos enfoques, se ha tomado en cuenta lo conceptual y lo metodológico, al proponer que el alumno se haga responsable de construir su aprendizaje, pero siempre se ha dejado de lado la parte axial, siendo que lo actitudinal es síntoma y resultado a la vez.
Es importante darse cuenta de que no eres la maestra perfecta y que eres tan humana como tus alumnos, creo que ése es un gran paso; darme cuenta de eso redujo mi ansiedad, pues yo quería ser perfecta ante ellos y eso no provoca más que rigidez.
Es más importante, como dice Esteve, preguntarnos qué sentido tiene lo que enseñamos a nuestros alumnos, qué les aportamos, qué esperamos de ellos en cuanto a aprendizajes y cómo hacer que eso que aprenden les sea útil en su experiencia personal, en su ámbito y su espacio vital.
Por otra parte, esto de la identidad profesional realmente nos confronta, pues sabemos que poseemos la preparación necesaria de la asignatura que daremos, pero nos sentimos inseguros al momento de enfrentar la enseñanza, pues el hecho de conocer nuestro programa no es garantía de que sepamos impartir los contenidos. Y eso es difícil, por lo que veo, para todos. Qué bueno que tenemos ese punto en común, pues eso nos iguala y nos fortalece si todos tratamos de trabajar para superarlo. Y para no sentirnos solos, pues a veces es un sufrimiento en solitario.
A leer el artículo de Esteve me doy cuenta que pasé de vivir con ansiedad la docencia en mi primer año de trabajo, a disfrutarla, apasionarme y sentir que enfrento un reto cada día.
El reto no sólo es intelectual, sino de comunicación con mis alumnos y personal también, pues implica decidir disfrutar mi labor, prepararme para ella y actualizarme sin sentir que eso sea una carga pesada.
Es necesaria la innovación docente, no sólo en el ámbito de una reforma, sino en el día a día, ante los contenidos que hemos impartido por mucho tiempo; estar dispuestos a repasar nuestros temas con la mentalidad de un estudiante y dejar de pensar que sólo desde nuestra altura intelectual es que se comprenden correctamente; aprender a comunicarnos con los alumnos, a escucharlos y a ver en ellos el espíritu que los habita.
Y muy importante: cambiar nuestra definición personal de éxito. Creo que el éxito no tiene que ver con el dinero, las posesiones, la capacidad de compra, el uso de marcas comerciales, el auto que posees o la ropa que usas. Para mí el éxito tiene que ver más con el hecho de tener tu vida plena: una familia unida (aunque vivas solo), un trabajo que disfrutas, una carrera que elegiste por vocación; tiene más que ver con cuántas personas te saludan, cuántas veces sonríes o te ríes en el día, en cuántas personas has dejado huella y si eres capaz de superar el descrédito social que ahora tiene el ser maestro; si hay equilibrio en tu vida, si no quitas a nadie su mérito, pero cuidas de ti y ser como eres te satisface y te provoca cierto orgullo.

Mi aventura de ser docente

Mi docencia ha cambiado mucho, porque yo he ido cambiando también. Sé que ahora es muchísimo mejor que hace 15 años, pero también sé que me falta mucho por aprender. La docencia es un arte difícil, detallado, delicado, que nunca se dominará del todo porque el ser humano es cambiante y perfectible, siempre. Afortunadamente, mi formación es en el área de Humanidades y Bellas artes y eso implica que durante las licenciaturas llevé cursos de didáctica y de psicología, pues parte del perfil de esas carreras incluye el ejercicio de la docencia; sin embargo la práctica, la personalidad propia, el tipo de alumno con el que trabajamos y la asignatura que impartimos determinan en gran parte el estilo del docente. Además del hecho de que se haga por vocación y no por mera circunstancia.
Ser docente ha favorecido en mí una personalidad asertiva, más segura, responsable, y me confronta siempre. También ha sido muy doloroso cuando me he dado cuenta de los errores que he cometido, sobre todo al principio de mi quehacer docente.
Al principio, me tomaba demasiado en serio mi papel y era una profesora muy exigente, esperaba que los alumnos entendieran rápido y de la misma forma que yo. Me preocupaba mucho por ellos, porque me interesan mucho, pero mi modo de hacerlo era el equivocado. Esperaba demasiado de ellos en lo académico, pero me detenía muy poco a ver qué pasaba en ellos, si tenían un modo distinto de aprender; creía que porque a mí me interesaba mi materia, todos, en automático, sentirían la misma pasión que yo. Y fue muy difícil para ellos y para mí ese primer año, pues se trataba de una secundaria diurna y una oficial para mayores de 15 años, y yo tenía apenas 22. Yo era muy valorada por mi capacidad, pero nadie me había dicho que la ternura y la comprensión entran en juego al tratar con los alumnos, sobre todo cuando son personas que de algún modo han estado marginadas, que ellos esperan que nosotros les abramos puertas, no que les dificultemos el camino. Al año siguiente, por fortuna, comprendí y cambié mucho. Comencé a portarme con naturalidad y buen humor, como soy. Ahora pienso que tal vez yo tenía miedo y soberbia; temía que ellos no me respetaran por ser tan joven y por eso yo era así.
Con respecto a la vocación, no sé si estoy en lo correcto, pero creo que hay distintas miradas sobre el asunto: para algunos, la "vocación" no va más allá de dos o tres aficiones de la infancia; para otros es una especie de "marca" o de "destino escrito" del que no se logra escapar; otros se topan con su vocación de manera indirecta, a veces circunstancial. En el caso de la docencia, lo importante es que la vocación exista, no tanto cómo se obtuvo.
En mi caso particular, mi vocación inicial fue la de ser lectora. Comencé a leer a los tres años de edad y no he parado. En mi casa siempre ha habido libros, mi papá era profesor de primaria y secundaria, publicaba sus poemas en un periódico del interior de la República y pintaba al óleo. No sé qué tanto tenga que ver esa influencia; sin embargo yo no pensaba en ser profesora, me interesaba más aprender, aprender de todo, y cuando comencé la secundaria decidí que me gustaría estudiar una carrera donde pudiera pasármela leyendo, sobre todo obras de teatro, porque me fascinaban. Cuando estaba en el bachillerato comencé a alfabetizar adultos en el INEA. Lo demás, como luego dicen, es historia.
¿Se tratará, en mi caso, de una misma vocación, en sus distintas etapas? No lo sé. Pero lo importante para mí es que quienes damos clases tengamos vocación, que no se haga sólo por la retribución económica, o por el status, pues en este país ninguna de las dos es totalmente cierta. La mayoría de las personas desarrollan una actividad laboral por cuestiones económicas, no por crecimiento personal o por disfrute; eligen una carrera por la posibilidad de ganar dinero, porque en este país no queda otra y así lo asumen, dejando su vocación dormida o incluso ignorada. Creo que todos, con una mínima consciencia del mundo, tenemos dentro un llamado para algo, pero a veces no se quiere o no se puede dejarlo salir.
Decir que se es profesor por necesidad económica es devaluar nuestro trabajo. Se es profesor precisamente porque no tenemos necesidad económica, sino espiritual, y nos podemos dar el lujo de vivir de esto si entendemos la vida en toda su amplitud, desde nuestro interior y no sólo por los factores externos. Un profesor debe ser un apasionado y un curioso por naturaleza, es un alma generosa y creo que una de las retibuciones que recibe es la oportunidad de mejorarse y de estudiar, de seguir siendo alumno siempre, porque se ama el saber. Estudiar es el mejor regalo que nos podemos dar, es lo único realmente nuestro porque va directo a nuestro intelecto y a nuestro corazón. No hay de otra, creo.