lunes, 8 de diciembre de 2008

Mi confrontación con la docencia

Mi historia es un tanto peculiar y, aunque es lineal en tiempo, no lo es en hechos. Mi profesión de origen es la Administración Industrial; sin embargo terminé la Lic. en Literatura Dramática y Teatro, la Lic. en Letras Hispánicas y la Mtría. en Letras Latinoamericanas y a este campo disciplinario de las Humanidades y Bellas Artes es que me dedico. He hecho teatro desde los 15 años.
A los 16 años comencé a dar clases alfabetizando adultos en el INEA con el método de Paulo Freyre. No me pagaban, era trabajo voluntario, porque me gustaba desde entonces. Tres años después trabajé como Coordinadora de actividades culturales en la Dirección de Secundaria de la SEP, así que cuando terminé la carrera de Teatro, cambié mi plaza administrativa por una docente en secundaria. Hace once años comencé a enseñar en nivel medio superior y ahora también en licenciatura. Ha sido un proceso lento, pero hasta cierto punto un tanto “natural” en mí. Creo que nunca me pregunté si quería ser profesora pues ya desde niña, cuando jugaba a la escuelita, yo era la maestra y lo disfrutaba mucho.
Me he desempeñado en otras formas dentro de mi área (guionista, actriz, asesor pedagógico), pero mi trabajo básico siempre ha sido la docencia, en la cual he aprendido mucho sobre mí y sobre los demás. Mi formación teatral me ha permitido ser observadora de lo humano, empatizar con los demás y mantener gran sentido lúdico, así que eso se refleja en mi desempeño como profesora; concibo la formación del alumno como un proceso de transformación interna primero, y de inserción de contenidos y estrategias de aprendizaje como una consecuencia, no como un fin en sí mismo.
Ser profesora me parece una gran responsabilidad y un gran gozo; disfruto la compañía de mis alumnos adolescentes, que me mantienen joven por dentro y me permiten tratar de entenderlos. Estar en la educación media superior me hace estar consciente de que, de algún modo (por el área de estudio en la Universidad, o por dejar de estudiar al término del bachillerato) los alumnos tal vez no vuelvan a estar en contacto nunca en la vida con los contenidos de mis asignaturas, así que me satisface mucho ver que lo disfrutan y que se interesan por estudiar más por su cuenta y comentar sus hallazgos conmigo. Desgraciadamente, siempre hay algún alumno que no se permite involucrarse en su propio desarrollo y estar en contacto consigo mismo, a veces de manera irremediable, y éstas son como las grandes pérdidas de esta profesión.
Resulta tranquilizador darse cuenta de que es una situación común el hecho de iniciarnos como profesores sin saber hacerlo, pues hasta Esteve lo vivió; lo grave es quedarse sin saber serlo y no prepararse.
Me parece importante rescatar esto de "ser maestro de humanidad", pues la docencia es en esencia una labor humanista, no importa la asignatura que impartimos o el nivel educativo en que ejercemos. La esfera cognitiva (conceptos-estrategias-valores) ha sido siempre vista de manera parcial: tradicionalmente se ha privilegiado lo conceptual; más adelante, con los nuevos enfoques, se ha tomado en cuenta lo conceptual y lo metodológico, al proponer que el alumno se haga responsable de construir su aprendizaje, pero siempre se ha dejado de lado la parte axial, siendo que lo actitudinal es síntoma y resultado a la vez.
Es importante darse cuenta de que no eres la maestra perfecta y que eres tan humana como tus alumnos, creo que ése es un gran paso; darme cuenta de eso redujo mi ansiedad, pues yo quería ser perfecta ante ellos y eso no provoca más que rigidez.
Es más importante, como dice Esteve, preguntarnos qué sentido tiene lo que enseñamos a nuestros alumnos, qué les aportamos, qué esperamos de ellos en cuanto a aprendizajes y cómo hacer que eso que aprenden les sea útil en su experiencia personal, en su ámbito y su espacio vital.
Por otra parte, esto de la identidad profesional realmente nos confronta, pues sabemos que poseemos la preparación necesaria de la asignatura que daremos, pero nos sentimos inseguros al momento de enfrentar la enseñanza, pues el hecho de conocer nuestro programa no es garantía de que sepamos impartir los contenidos. Y eso es difícil, por lo que veo, para todos. Qué bueno que tenemos ese punto en común, pues eso nos iguala y nos fortalece si todos tratamos de trabajar para superarlo. Y para no sentirnos solos, pues a veces es un sufrimiento en solitario.
A leer el artículo de Esteve me doy cuenta que pasé de vivir con ansiedad la docencia en mi primer año de trabajo, a disfrutarla, apasionarme y sentir que enfrento un reto cada día.
El reto no sólo es intelectual, sino de comunicación con mis alumnos y personal también, pues implica decidir disfrutar mi labor, prepararme para ella y actualizarme sin sentir que eso sea una carga pesada.
Es necesaria la innovación docente, no sólo en el ámbito de una reforma, sino en el día a día, ante los contenidos que hemos impartido por mucho tiempo; estar dispuestos a repasar nuestros temas con la mentalidad de un estudiante y dejar de pensar que sólo desde nuestra altura intelectual es que se comprenden correctamente; aprender a comunicarnos con los alumnos, a escucharlos y a ver en ellos el espíritu que los habita.
Y muy importante: cambiar nuestra definición personal de éxito. Creo que el éxito no tiene que ver con el dinero, las posesiones, la capacidad de compra, el uso de marcas comerciales, el auto que posees o la ropa que usas. Para mí el éxito tiene que ver más con el hecho de tener tu vida plena: una familia unida (aunque vivas solo), un trabajo que disfrutas, una carrera que elegiste por vocación; tiene más que ver con cuántas personas te saludan, cuántas veces sonríes o te ríes en el día, en cuántas personas has dejado huella y si eres capaz de superar el descrédito social que ahora tiene el ser maestro; si hay equilibrio en tu vida, si no quitas a nadie su mérito, pero cuidas de ti y ser como eres te satisface y te provoca cierto orgullo.

No hay comentarios: