Mi docencia ha cambiado mucho, porque yo he ido cambiando también. Sé que ahora es muchísimo mejor que hace 15 años, pero también sé que me falta mucho por aprender. La docencia es un arte difícil, detallado, delicado, que nunca se dominará del todo porque el ser humano es cambiante y perfectible, siempre. Afortunadamente, mi formación es en el área de Humanidades y Bellas artes y eso implica que durante las licenciaturas llevé cursos de didáctica y de psicología, pues parte del perfil de esas carreras incluye el ejercicio de la docencia; sin embargo la práctica, la personalidad propia, el tipo de alumno con el que trabajamos y la asignatura que impartimos determinan en gran parte el estilo del docente. Además del hecho de que se haga por vocación y no por mera circunstancia.
Ser docente ha favorecido en mí una personalidad asertiva, más segura, responsable, y me confronta siempre. También ha sido muy doloroso cuando me he dado cuenta de los errores que he cometido, sobre todo al principio de mi quehacer docente.
Al principio, me tomaba demasiado en serio mi papel y era una profesora muy exigente, esperaba que los alumnos entendieran rápido y de la misma forma que yo. Me preocupaba mucho por ellos, porque me interesan mucho, pero mi modo de hacerlo era el equivocado. Esperaba demasiado de ellos en lo académico, pero me detenía muy poco a ver qué pasaba en ellos, si tenían un modo distinto de aprender; creía que porque a mí me interesaba mi materia, todos, en automático, sentirían la misma pasión que yo. Y fue muy difícil para ellos y para mí ese primer año, pues se trataba de una secundaria diurna y una oficial para mayores de 15 años, y yo tenía apenas 22. Yo era muy valorada por mi capacidad, pero nadie me había dicho que la ternura y la comprensión entran en juego al tratar con los alumnos, sobre todo cuando son personas que de algún modo han estado marginadas, que ellos esperan que nosotros les abramos puertas, no que les dificultemos el camino. Al año siguiente, por fortuna, comprendí y cambié mucho. Comencé a portarme con naturalidad y buen humor, como soy. Ahora pienso que tal vez yo tenía miedo y soberbia; temía que ellos no me respetaran por ser tan joven y por eso yo era así.
Con respecto a la vocación, no sé si estoy en lo correcto, pero creo que hay distintas miradas sobre el asunto: para algunos, la "vocación" no va más allá de dos o tres aficiones de la infancia; para otros es una especie de "marca" o de "destino escrito" del que no se logra escapar; otros se topan con su vocación de manera indirecta, a veces circunstancial. En el caso de la docencia, lo importante es que la vocación exista, no tanto cómo se obtuvo.
En mi caso particular, mi vocación inicial fue la de ser lectora. Comencé a leer a los tres años de edad y no he parado. En mi casa siempre ha habido libros, mi papá era profesor de primaria y secundaria, publicaba sus poemas en un periódico del interior de la República y pintaba al óleo. No sé qué tanto tenga que ver esa influencia; sin embargo yo no pensaba en ser profesora, me interesaba más aprender, aprender de todo, y cuando comencé la secundaria decidí que me gustaría estudiar una carrera donde pudiera pasármela leyendo, sobre todo obras de teatro, porque me fascinaban. Cuando estaba en el bachillerato comencé a alfabetizar adultos en el INEA. Lo demás, como luego dicen, es historia.
¿Se tratará, en mi caso, de una misma vocación, en sus distintas etapas? No lo sé. Pero lo importante para mí es que quienes damos clases tengamos vocación, que no se haga sólo por la retribución económica, o por el status, pues en este país ninguna de las dos es totalmente cierta. La mayoría de las personas desarrollan una actividad laboral por cuestiones económicas, no por crecimiento personal o por disfrute; eligen una carrera por la posibilidad de ganar dinero, porque en este país no queda otra y así lo asumen, dejando su vocación dormida o incluso ignorada. Creo que todos, con una mínima consciencia del mundo, tenemos dentro un llamado para algo, pero a veces no se quiere o no se puede dejarlo salir.
Decir que se es profesor por necesidad económica es devaluar nuestro trabajo. Se es profesor precisamente porque no tenemos necesidad económica, sino espiritual, y nos podemos dar el lujo de vivir de esto si entendemos la vida en toda su amplitud, desde nuestro interior y no sólo por los factores externos. Un profesor debe ser un apasionado y un curioso por naturaleza, es un alma generosa y creo que una de las retibuciones que recibe es la oportunidad de mejorarse y de estudiar, de seguir siendo alumno siempre, porque se ama el saber. Estudiar es el mejor regalo que nos podemos dar, es lo único realmente nuestro porque va directo a nuestro intelecto y a nuestro corazón. No hay de otra, creo.
1 comentario:
Hola maricela muy bonito tu blog, saludos javier gomez ramirez.
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